Overview

¿Qué hace que una ciudad sea bella? ¿Sus edificios, sus calles, la suma de sus paisajes? Tal vez, una ciudad sea bella cuando es capaz de ofrecernos un lugar en el que caminar por ella y entablar una conversación con sus espacios, sintiendo que nos pertenecen. Cuando en ella se de la posibilidad de encontrar, en medio del cemento, una mirada que nos diga: hola, estoy aquí, contigo.
Desde sus orígenes, la ciudad ha sido también una promesa. Babilonia, las ciudades ideales, o las ciudades imaginadas por los utopistas. Bajo cada uno de esos modelos que anticiparon ciudades futuras que dejaron de existir, subyace el deseo de construir un lugar
común, un espacio en el que hacer posible una convivencia igualitaria, liberal, fraternal. Una convivencia que la individualización extrema actual ataca, para mantenernos controlados, separados en nuestros puntuales recorridos y devaneos cotidianos, en nuestras problemáticas particulares…alienados. Sin embargo, la ciudad es el punto de encuentro de la masa equidistante y equilibrada, doliente, deseante. Ágora llena de voces y gritos (de socorro), es también por tanto un lugar susceptible de generar respuesta y pertenencia, de hilar lazos que nos sostengan, de pertrechar una coraza que nos defienda. Es por tanto un espacio a transformar y transformativo: es a través de la experiencia extrema del desapego que produce la mirada al otro que podemos entender lo universal de nuestra individualidad subjetiva y por tanto ver en el fondo del otro aquello que nos hace iguales, amigos, vecinos.
Beatriz Escudero
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